LAS PALABRAS DEL MUNDO
José María Merino
La gente malévola de la facultad asegura que, salvo la ayudante Celina Vallejo, ninguno de los miembros del departamento al que pertenecía el profesor Souto manifestó signo alguno de pesar cuando se produjo su desaparición. Los más maliciosos señalan también que la pesadumbre de la ayudante Vallejo no se debió tanto a un sentimiento amistoso –o amoroso— como al hecho de que el desaparecido fuese director de su tesis doctoral, que quedaba así huérfana de tutela en el presente y de valimiento en el futuro. Mas lo cierto es que Celina Vallejo se mostró abatida durante bastante tiempo.
José María Merino
La gente malévola de la facultad asegura que, salvo la ayudante Celina Vallejo, ninguno de los miembros del departamento al que pertenecía el profesor Souto manifestó signo alguno de pesar cuando se produjo su desaparición. Los más maliciosos señalan también que la pesadumbre de la ayudante Vallejo no se debió tanto a un sentimiento amistoso –o amoroso— como al hecho de que el desaparecido fuese director de su tesis doctoral, que quedaba así huérfana de tutela en el presente y de valimiento en el futuro. Mas lo cierto es que Celina Vallejo se mostró abatida durante bastante tiempo.
EL DISCÍPULO DEL PADRE MERRINDACOTXEA
Fernando Iwasaki
El único episodio conocido de la vida del padre Berriartúa S.I. se limita a la Nochebuena de 1995, aquella Navidad rocambolesca que el cineasta Alex de la Iglesia rescató de los archivos policiales para producir la película El día de la Bestia. Sin embargo, gracias a la tesis doctoral del padre Ahitori Tsurunaga S.I. de la Universidad de Sofía (Tokio), hemos podido descubrir que el malogrado Catedrático de Teología empezó a estudiar el Apocalipsis bajo la dirección del padre Merrindacotxea S.I., quien antes de morir en 1973 impartió un seminario de Exorcismo y Demonología en la Universidad de Deusto, al que asistieron los jóvenes jesuitas Arzallus y Berriartúa.
ARS MORANDI
Ernesto Pérez Zúñiga
¿Un bodegón es un autorretrato? Hubo un pintor que no demostró otra cosa. Nada sabemos de su vida cotidiana, salvo que había fundado en ella una intransferible soledad y que esta duró siempre, suponiendo lícito el significado de este adverbio. Cuando era joven, pintó estilizadas botellas que iluminó con colores brillantes. Apuntaban una lejanía de catedrales góticas. Como ellas, los trazos alargados encubrían una posible estructura de ángel. Conforme envejecía, pintó botellas cada vez más romas y bajas que agrupaba sin dejar resquicios entre ellas. A veces las acompañó de pequeños vasos y de cajas impenetrables. Los colores se iban apagando. Imaginemos un vaso de vidrio azul, iluminado por el sol, al que luego cubre una nube. Imaginemos que finalmente reposa en el fondo de un río.
SINAANGAS
Nicolás Melini
Empiezan a llegar a la casa poco antes de la una y media. Dejan sus abrigos en el perchero del pasillo y, entre saludos y sonrisas, se vienen a la cocina, donde Sárata y Mari preparan el arroz.
—Salamalecum —Malecunsalam —Sa wa? —Sa wa bien —Nangadef? —Mangifi.
Las botellas de mosto y los tetrabiks de zumo de frutas aguardan en fila sobre la mesita redonda. Los recién llegados se llaman Amy y Musa y Umi. Por la ventana puede verse un día muy bonito, luminoso, aunque más frío que ayer.
—Salamalecum —Malecunsalam —Sa wa? —Sa wa bien —Nangadef? —Mangifi.
Las botellas de mosto y los tetrabiks de zumo de frutas aguardan en fila sobre la mesita redonda. Los recién llegados se llaman Amy y Musa y Umi. Por la ventana puede verse un día muy bonito, luminoso, aunque más frío que ayer.
LA FLOR DE LA CAYENA
Juan Carlos Méndez Guédez
Pensó en Dickens.
Luego pensó que nunca había leído a Dickens. Bueno sí, un poco, alguna vez sí que lo había leído pero no demasiado. Pensó en Dickens y sintió de nuevo esa humedad que avanzaba por su pie como un mordisco. Puto zapato. Sacudió la pierna con fiereza y siguió andando media hora hasta que llegó al edificio.
Su madre le esperó con el periódico en la mano. Mirara la página tres, la mirara, una foto de Moncho, Monchito vendría a España en misión oficial, Monchito ministro. Fernando miró la noticia con ojos cansados. Leyó un par de párrafos. Se detuvo un rato en la fotografía de su amigo: el mismo rostro huesudo, los ojos hundidos y felices. Algo más calvo, eso sí, y cierta blandura en el cuerpo, cierta redondez en los hombros y el abdomen.
Luego pensó que nunca había leído a Dickens. Bueno sí, un poco, alguna vez sí que lo había leído pero no demasiado. Pensó en Dickens y sintió de nuevo esa humedad que avanzaba por su pie como un mordisco. Puto zapato. Sacudió la pierna con fiereza y siguió andando media hora hasta que llegó al edificio.
Su madre le esperó con el periódico en la mano. Mirara la página tres, la mirara, una foto de Moncho, Monchito vendría a España en misión oficial, Monchito ministro. Fernando miró la noticia con ojos cansados. Leyó un par de párrafos. Se detuvo un rato en la fotografía de su amigo: el mismo rostro huesudo, los ojos hundidos y felices. Algo más calvo, eso sí, y cierta blandura en el cuerpo, cierta redondez en los hombros y el abdomen.
JUEGOS GEOMÉTRICOS
Juan Carlos Chirinos
Benôit se sentó a esperar el autobús y enseguida se durmió. Su cabeza, flexible a pesar de los años, se posó suavemente sobre el pecho y todo su cuerpo se relajó. La respiración se hizo cada vez más lenta, y los ruidos de la calle —los automóviles, el llanto de un niño, el canto recóndito de una paloma— fueron perdiendo vigor dentro de su cabeza, o fueron incorporándose al nuevo mundo que le recibía con los brazos abiertos. Benôit pensó por un instante que podrían arrebatarle la bolsa de El Corte Inglés en la que llevaba un par de libros, varios cd’s, unos tapones para los oídos y su teléfono móvil. ¿Lo llamaría su hija antes de anochecer?










